2026-23-04 Abolir el tabaco: los nuevos cuáqueros

Abolir el tabaco: los nuevos cuáqueros

Por Ubaldo Cuadrado, Vicepresidente de Nofumadores.org

Publicado en La Voz de Galicia el 23 de Abril de 2026

El Parlamento del Reino Unido ha tomado la delantera en Europa al aprobar, por consenso, una medida histórica: acabar con la venta de tabaco para las nuevas generaciones. Todo el mundo se pregunta en qué consiste la abolición progresiva de ese artefacto mortal llamado cigarrillo. Se trata de que quienes hayan nacido después del 2009 no podrán comprarlo legalmente, sin importar que hayan alcanzado la mayoría de edad. Las grandes preguntas que debemos hacerle al parlamento español son inevitables: a la luz de la evidencia científica ¿por qué el tabaco sigue siendo legal hoy? ¿Y por qué el Gobierno de España no logra proteger eficazmente a los menores de convertirse en adictos, clientes de las tabaqueras de por vida? Una nueva ley al estilo de la de Reino Unido podría conseguir esto fácilmente

Conviene anticipar el argumento habitual de los cabilderos y voceros de la industria: hablarán de «prohibición», de «Ley Seca» y de ataques a la libertad individual. Es propaganda conocida. Tabaco y alcohol, aunque ambos son adictivos y dañinos, no son equivalentes. El tabaco presenta un potencial adictivo mucho más rápido y persistente, y basta un consumo muy limitado para generar dependencia de por vida. Serán los portavoces de estas corporaciones —y no pocos responsables políticos sin ambición moral, especialmente en regiones productoras como Canarias o Extremadura— quienes intenten desviar el debate. Ya lo advirtió Samuel Johnson en el siglo XVIII: «How is it that we hear the loudest yelps for liberty among the drivers of negroes?». Parafraseando: Nadie grita más alto libertad que los traficantes de esclavos (y de tabaco).

La relación entre el tabaco y la esclavitud no es solo metafórica —desde el punto de vista de una sustancia adictiva que esclaviza al consumidor y nos daña a todos—, sino que tiene un vínculo histórico directo: las grandes plantaciones de tabaco en América se sostuvieron durante siglos sobre el trabajo forzado de esclavos, especialmente en territorios como Virginia y el Caribe. Sabemos que las cuatro grandes multinacionales del sector —Philip Morris International, British American Tobacco, Japan Tobacco International y Imperial Brands— hunden sus raíces en ese sistema económico global basado en la explotación de la vida humana como ganado.

Imperial Brands aún tiene la poca vista de mantener su sede en Bristol, uno de los principales puertos negreros del Imperio británico, evidenciando la forma en la que el tabaco y el tráfico de esclavos no solo estuvieron profundamente entrelazados en la construcción de estas fortunas depredadoras que hoy siguen operando a escala global, sino que tampoco han aprendido la lección de aquel sistema que ayudaron a sostener. Hay modelos de negocio que deben desaparecer. Porque la historia no se detiene en el cigarrillo. Cuando Philip Morris se hizo con grandes compañías alimentarias, trasladó a los ultraprocesados la misma lógica que había perfeccionado con la nicotina: ingeniería del producto para maximizar la adicción, combinación de azúcar, grasa y sal para generar consumo compulsivo y márketing masivo dirigido a los más vulnerables. El resultado está a la vista: de la esclavitud al adictivo tabaco, y del tabaco a la epidemia global de obesidad. Como dicen las abuelas, no inventan nada bueno.

El Reino Unido que hoy decide acabar con el tabaco como producto legal fue también pionero en abolir la esclavitud, impulsado por un pequeño grupo de cuáqueros y otros movimientos que, con una convicción y ambición moral muy similares a las de quienes hoy defendemos el fin del cigarrillo, lograron que este mismo Parlamento aprobara en 1807 la abolición del tráfico de esclavos. Hoy, ese país vuelve a situarse en la vanguardia al afrontar el tabaquismo como lo que es: una epidemia industrializada. Frente a ello, emerge una nueva generación de abolicionistas —médicos, científicos y sociedad civil— que defienden no la prohibición, sino la desaparición progresiva de un producto diseñado para causar adicción y enfermedad, con la misma claridad ética de entonces. Y cuando desde la industria les llamen talibanes o puritanos, no se moleste en discutir demasiado: aclárenles que se equivocan de iglesia. Si hay que elegir, estamos más cerca de los cuáqueros.


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